La noche que gané el Powerball.

By Sunday, January 17, 2016 0 Permalink 0

Billionaire Bruno Mars

Mi mamá jugaba Pega 3 religiosamente. Siempre el mismo número; exacto y combinado. Recuerdo verla esperar el sorteo con entusiasmo disfrazado; y cuando perdía, hacía como si tuviera sueño, y se acostaba de inmediato, con una mezcla de tristeza y de mal humor. Creo que su consuelo era que se pegaba dos veces al año, lo suficiente para alimentar su esperanza y recuperar su inversión.

Pensaba que jugar lotería era cosa de viejos. Hasta que cumplí treinta y comencé a entusiasmarme con la idea de pegarme con mi primer millón.

De entrada, sabía que la tarea no sería fácil. La suerte nunca ha estado conmigo. Si me decían: “dime un número, del 1 al 10”, cuenta con que dije los nueve y nunca adivine el que era. No recuerdo haber gritado “Bingo!” alguna vez y el algoritmo de Mario Kart siempre me pasó por la piedra y perdí más veces de las que quisiera recordar.

Por eso, participar voluntariamente de algún tipo de juego al azar era un ejercicio de sadomasoquismo, que me dejaba con el corazón roto y con menos dinero en el bolsillo. Una crónica de una derrota anunciada. Jugar Loto no era negocio, y punto.

Todo cambió el pasado miércoles. El famoso día del billón del Powerball.

Mi jefe, con un tono de vergüenza y complicidad, me pidió un favor: que fuera a comprarle sus tickets de Powerball. Él, ya tiene mucho, pero quiere también que le para la mula. Caminando – y evaluando a lo que había llegado mi vida – fui a hacerle el favor. Y en un momento de sutil tentación, pedí una tarjeta de Raspa y Gana, de esas que cuestan un dólar.

“¿Cuál quieres?” – me pregunta el muchacho.

“¿Cuántas tarjetas de esas hay?” – le digo yo, un tanto sorprendida.

“De $1.00 hay tres. Dos te puedes ganar hasta $1,000, y en esta hasta $5,000” – me dice.

“Dame la del premio mayor.”

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En este momento, me siento high roller. Soy James Bond y el Supermercado Pueblo es mi Montecarlo. Acabo de comprar un Raspa y Gana por un dólar, que me da la posibilidad de ganar hasta $5,000, lo que es el equivalente emocional de encontrar una cartera Marc Jacobs en Marshall’s. Tremendo deal.

Empiezo a raspar, y con cada raspazo que doy utilizando una triste peseta, la adrenalina en mi cuerpo empieza a sentirse.

“500”… “1000”… Otro “500”…

Fucking mierda.

La decepción que siento por no haberme ganado $500 y confirmar la estupidez que fue haber jugado, no me permite apreciar que me acabo de ganar $10.

Me gané DIEZ PESOS.

Breakfast Club

Y el júbilo que siento en esos momentos es tan grande, que es hasta un tanto patético. Tengo la adrenalina en high, y busco con quien celebrar pero rápidamente capto que estoy en Pueblo a las 11:00 a.m., sola y en horas de trabajo. No me quiero despegar de la ventanilla porque algo me dice que no me debo ir. Igualito que la vieja del casino que no se quiere parar para que no le quiten la máquina traga monedas.

Pero el pudor poco a poco regresa, y no me queda de otra que componerme. Detrás de mí, en la fila, hay tres señores que juntos suman 500 años de historia. Seguro están esperando gastarse el Seguro Social y comprar también sus boletitos. Como dije – después de todo – jugar Loto siempre ha sido cosa de viejos.

La aventura parece haberse acabado, y tengo que regresar a mis labores cotidianas, las cuales ciertamente no deben incluir estar comprando Powerball.

A mi regreso, le hago el cuento de mi jackpot en el Raspa y Gana a todo quien quiera escucharme, lo cual es nadie, pero no me importa.

Me siento invencible.

A los quince minutos, cuando me baja la emoción de haberme ganado mi pequeña millonada, haciendo el acto idiota de usar una peseta para raspar un canto de cartón, caigo en cuenta que el universo me ha jugado una fea trastada. Toda la energía kármica que había acumulado en 30 años de haber sido un buen perdedor, los gaste en un Raspa y Gana, en vez de haber comprado un fucking ticket de Powerball.

Lloro en silencio.

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Entro a la oficina de mi jefe a darle sus tickets, y obviamente – porque nada me va a destruir – le hago el cuento de que estoy en fuego, y que me acabo de ganar $10.

Sus ojos brillan.

“Tienes que jugar esos $10. Eso es una señal.” – me dice.

Despierta mi interés.

Comienzo a presentar los argumentos en mi cabeza. “¿Debería hacerle caso?”

Y como más sabe el diablo por viejo, que por diablo, me dice: “Juega esos $10 y yo te igualo tu inversión, y si ganas nos dividimos el pote”.

Ahora estamos hablando de negocios.

Tengo mis tickets en mano y la mente tranquila.

Todos estos años de ver a mi mamá jugar Pega 3 me han enseñado algo: no puedes gastar el dinero antes de ganártelo. Sencilla ley de vida.

Al principio, Mami vociferaba un listado de sus deseos, todos ellos altamente materialistas. Casa nueva. Apartamento en la playa. Viajes por el mundo para toda la familia. ¡Carro nuevo para todos!

Oprah

Luego, al darse cuenta que Dios castiga, empezó a vociferar un listado de deseos, inyectados de altruismo y dadivosa intención. Casa nueva. Apartamento de playa. ¡Carro nuevo para todos! ¡Un refugio de animales! ¡Dinero para ayudar alguna asociación! Ella sentía que el universo la había escuchado, y ahora recurría a tratar de cogerlo de pendejo.

Así que, con tickets en mano y la mente tranquila, esperé.

Hice un esfuerzo sobrehumano para no pensar en la cara de alegría que sentiría mi madre cuando le diera las llaves de su nueva casa, con la cocina enorme que siempre ha soñado. O en su cara de sorpresa cuando le dijera que, además de la casa, también le regalé su anhelado apartamento cerca de la playa. Intenté con todas mis fuerzas no pensar en que sería irme con toda mi familia a viajar a cuanto destino nos dictara el corazón, sin limitaciones. Luché arduamente en no ilusionarme con las dulces melodías se producirían en el nuevo estudio que le regalaría a mi padre, o las lágrimas disimuladas que provocaría en mi hermano tener un bote nuevo. Me rehusé pensar en la tranquilidad y la libertad que sentirían mis hermanitos cuando les dijera que todos sus estudios ya estarían pagados.

Quise, con toda el alma, no frustrarme por tener que recurrir a la suerte para poder lograr todos esos sueños, y no poder realizarlos por el fruto de mi esfuerzo. Y por último, evité pensar en la ironía de que con uno ganarse el premio mayor y tener las intenciones correctas, incluso nos da hasta para arreglar esta Isla que llevamos amarrada del corazón.

Continué con el teatro de darle la mínima importancia para poder darme la máxima oportunidad, y me fui a acostar. Pero la tentación de saber si podía darle un fuck it al trabajo y faltar al otro día era demasiado poderosa.

Llegó la hora del sorteo.

Comienzan a salir los números.

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Me levanto de mi cama y chequeo mi ticket.

Sólo tengo un número correcto. La ficha del Powerball. El número 10. El mismo que me estuvo persiguiendo todo el día.

Me tengo que acostar a dormir. Al otro día se trabaja.

El universo tiene un perverso sentido del humor.

Perdí el billón de dólares. Pero gané el Powerball.

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