En búsqueda de un yeso color neón.

By Tuesday, May 19, 2015 0 Permalink 0

Neon Heart

Nunca me he fracturado un hueso.

No digo esto con orgullo, sino con melancolía y mucho arrepentimiento.

Cuando te rompes un brazo, te ponen un yeso forrado en el color neón de tu predilección que grita “Soy un little fucker”. Tus padres te envían a la escuela con un Sharpie para que tus amigos te escriban “recuerdos” y “amigos x 100pre”. Usas la hora de recreo para propagar el mito de la piquiña que causa el bendaje, la cual solamente se cura usando un gancho de alambre; y del acto atrevido que es bañarse, para el cual necesitas envolver tu yeso-trofeo en una bolsa de Kash & Karry.

Romperse un brazo era el mejor símbolo de astucia en escuela elemental. Era la forma silente de gritar soy la más alto que se trepa, la más lejos que brinca del columpio y la menos que le importa tres carajos el “nena, bájate de ahí” de una madre histérica.

Pasas de ser niño… a leyenda.

Y nunca lo tuve.

No fue por falta de tratar. Dios sabe que hice catorce estupideces. Pero a pesar de que tuve rasguños, moretones y más puntos que la frente de Carlitos Colón, nunca tuve el tan codiciado yeso. El único color neón disfruté fue el acid trip que me auspició Lisa Frank.

Existe un punto en la vida del ser humano que – por cosas del destino – lo peligroso actually da miedo. En ese momento, toda madre se reivindica y como premio Dios le borra tres arrugas. El yeso se convierte en una cartera de Romero Britto. Linda y colorida de lejos, pero indeseable para uno mismo.

Este acto cósmico no tiene que ver con la edad. De hecho, existen muchas personas que ese momento nunca les llega. Como por ejemplo, a la mayoría de los hombres con los que he salido, según los resultados arrojados por el sondeo unilateral que hice en mi cabeza.

Para mí, creo que es cuando tienes una primera mensualidad a tu nombre. Responsabilidades recurrentes e ineludibles. Así, cada vez que estás a punto de hacer algo con un alto grado de peligrosidad y alto índice de estupidez, piensas en el badtrip que sería ir a trabajar con un yeso y picheas.

La vida es ahora más segura, y – ciertamente – menos divertida.

Pero todo va bien. Un brunch aquí, un wikensito allá. Corillo para el concierto, cervezas después del trabajo. La vida se disfruta a través de los placeres quincenales. Y el pasar del tiempo solamente se apercibe en Throwback Thursdays y Flashback Fridays. Se vive mucho, pero en realidad poco cambia.

Hasta que todo cambia.

A tus amigos les vuelve la astucia. Pero esta vez, the stakes are higher. Y todos, a su manera, empiezan a tomar riesgos. Oportunidades profesionales. Next steps personales. Ninguno tiene miedo. Todos están nuevamente en búsqueda del metafórico yeso. Ese símbolo que te dice: “que mucho duele, pero que mucho me lo gocé.”

Yo estoy como loading todavía.

A penas estoy gozando saber el cambio exacto de un café y unas tostadas en mi panadería favorita; de saber siempre que pedir en la barra habitual de los viernes; de saludar todos los días al guardia de la caseta; y que el que sirve el almuerzo en la cafetería me llame por nombre.

Pero también reconozco que quiero un yeso, carajo. Quiero ese neon badge of courage que le diga al mundo que soy atrevida, que estoy llena de valor y que nací para volar. Que no tengo miedo a enfrentar lo que venga, y que al cambio le digo “Fuck you” en la cara. Quisiera volver a tener ese valor de cuando era niña. Esa energía mezclada con optimismo que me hacía pensar que todo iba a estar bien, aun cuando no tenía certeza que ello fuera así.

No por nada dicen que la ignorancia es atrevida.

Pero más que todo, tengo miedo a que cuando al fin tenga mi yeso anhelado, mis amigos ya no estén aquí para firmarme sus “recuerdos”. Que estén todos esparcidos por el mundo, disfrutando de la vida que no tuvieron miedo a vivir. “Amigos x 100pre”… desde Facebook.

Nunca me he fracturado un brazo.

Pero tengo miedo a fracturarme el alma.

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