Desahuciados.

By Tuesday, November 18, 2014 1 Permalink 5

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En la madrugada de hoy, el Sgto. Miguel Ortiz y su familia fueron asesinados en su propia casa. En su hogar. El lugar que típicamente nos sirve de refugio y nos da seguridad. Su hijo, víctima también, pero quien logró sobrevivir a los hechos, fue quien alertó a las autoridades y relató lo sucedido. El móvil de tan brutal episodio fue una deuda de dinero. El Sgto. Ortiz alquilaba una propiedad en Bayamón, y su inquilino y presunto autor de los hechos había incumplido en pagar la renta; ante ello, el Sgto. Ortiz lo amenazó con que lo iba a desahuciar.

Desahuciar, por un dueño o arrendador, se define como despedir al inquilino o arrendatario mediante una acción legal.

Cobrar lo que te deben. Pagar lo que te toca. Dos acciones tan comunes en el intercambio diario de cualquier sociedad que se convierten en algo tan pequeño, tan dado, tan obvio. Pero que hoy, en el país en que nos despertamos, es la causa de una masacre digna de una escalofriante película de horror. De una tragedia que nos duele a todos, pero tristemente no sorprende a nadie.

¿Desde cuándo las cosas se volvieron así? ¿Cuándo nos convertimos en esto?

Esta conversión no sucedió de cantazo. No. Sucedió paulatinamente. De poquito a poquito. Cada episodio nos preparaba para el próximo, y aquí estamos, contagiados de violencia. Una enfermedad que la causa y el efecto resultan ser lo mismo, y la única variable es a quien le toca.

Por años, la violencia ha ido en aumento; todos lo sabemos. Al final de cada año, con vergüenza ajena y propia, hacemos un recuento de cuántos episodios de dolor ha vivido nuestro país, y lo comparamos con el del año anterior. Y si se da un milagro de Año Nuevo y esa cifra baja, celebramos victorias vacías y salen nuestros políticos a hablarnos con el mismo optimismo pendejo que tiene aquel que ve el vaso medio lleno, aunque el vaso esté lleno de agua sucia.

Desahuciar, en términos médicos, es admitir que un enfermo no tiene posibilidad de curación.

Por ahí, a la vuelta de la esquina, está la época navideña. Momentos de alegría familiar y de introspección personal. De dar gracias por lo que tenemos, y de planificar metas para un nuevo futuro. La tragedia de la Familia Ortiz nos va a doler colectivamente y mucho; porque, seamos honestos, la violencia en Navidad siempre nos duele un poquito más. Y el jueves de la semana que viene, en la mesa con el pavo expuesto daremos gracias. Gracias porque tenemos a nuestra familia sana y salva. Gracias porque nuestros seres queridos están con nosotros. Gracias porque a nuestras puertas todavía no ha tocado la realidad.

Desahuciar es el acto de quitar a alguien toda esperanza de conseguir lo que desea.

Al otro día, saldremos como salvajes a empujarnos y patearnos por comprar un televisor en especial. Y la reflexión y la introspección ira a morir como el postre de la abuela. Las tragedias ahora serán más efímeras, más absurdas, como lo que supone es el dolor de no poder conseguir ese último Xbox para Navidad.

No es culpa de nadie, pero es culpa de todos. Aprendimos a vivir así. Lo malo se volvió tan recurrente hasta que se convirtió en normal. Nos acostumbramos. Nos enseñamos a enajenarnos, a sufrir lo suficiente y luego mirar para otro lado. Sabemos, muy en el fondo, que este no será el último episodio. Más vendrán. Y se repetirá el ciclo hasta que se acabe o acabe con todos. Pendientes a más detalles.

El asesino se quedó sin casa, pero por ahí andamos muchos desahuciados.

1 Comment
  • Agcelis Obergh
    November 19, 2014

    Fantástico, hay que desarrollar un virus de indignación y propagarlo por toda la Isla. Sin antídotos, crear una vacuna para eliminar la apatía.
    Gracias por tu artículo
    Agcelis Obergh