La Veterana Rosada.

By Sunday, October 19, 2014 0 Permalink 1

Rosie The Riveter

Siempre he escuchado que los soldados no llegan igual cuando regresan de la guerra. Nunca vuelven a ser los mismos. Similares sí, pero diferentes.

Mi mamá es veterana.

Su batalla no fue en Irak ni en Afganistán.

Su batalla se luchó en su propio cuerpo. Sus senos la traicionaron y le declararon la guerra.

Cuando era chiquita, no necesitaba de muchas muñecas. Mi mamá era mi Barbie; se dejaba peinar y maquillar pacientemente. Tenía el pelo largo; curvas envidiables, y piernas de fanática de gimnasio. Por las mañanas, cuando iba a la escuela, le pedía que me dejara el beso marcado en mi cachete; así la llevaría conmigo todo el día.

Todo el mundo me decía que yo era idéntica a ella y eso me hacia sonreír. Ella era la más bella y eso significaba que yo también era bonita.

Tenía 14 años cuando a mi mamá le descubrieron que tenía cáncer. Si digo que me acuerdo mucho de esos tiempos, mentiría. Uno tiende a bloquear las cosas que duelen y esa fue la peor de todas.

Si mi mamá lloró, nunca la vi. Al menos, no al principio. Ella aguantó el golpe, con la misma fuerza ciega que el pelotón que tiran como carne de cañón. Y ganas de llorar seguro no le faltaban. ¿Cómo se vive no sabiendo si se va a vivir? Ese debe ser el sentimiento más horrible del mundo.

Un día, mi mamá me sentó y me dijo que el doctor le aconsejó que tenía que recortarse porque la quimioterapia le iba a hacer caer el pelo. Yo hice mi papel de hija, y le demostré todo mi apoyo – apoyo que hoy confieso, fue poco sincero. Le aseguré que se vería hermosa, que de hecho los boy cuts estaban súper a la moda. Ella me sonrió, como diciendo: “Te conozco como si te hubiese parido.” Podía soportar ver su piel quemada por las sesiones de radioterapia; podía soportar sus cambios de humor por las pastillas, o las largas horas de espera en consultorios y hospitales. Pero no podía soportar ver era a mi Barbie sin su pelo. Eso me dolió. Y me hizo sentir desnuda. No había escapatoria. Mi mamá llevaba su cáncer adentro, y ahora, también por fuera.

Cuando disfrutábamos de la alegría de la calma aparente de la recesión, se detonó una bomba en su otro seno. Y luego, porque la vida es así, explotó una revolución en su matriz y sus ovarios. ¿Algo más? Así, llegó la menopausia que nadie había invitado, con sus cambios de humor y sus hot flashes unos quince años prematuros. Su cuerpo cambió, inclusive la textura de su pelo. El cuerpo que había servido de cuna y había amamantado a cuatro cogió cantazos, quedó con cicatrices, pero sobrevivió la guerra.

Todos los octubres mi Facebook se pinta de rosa. Octubre es el mes internacional del cáncer de mama. Mis amigos participan en maratones y llevan pulsera o broches rosados, y yo apenas doy el mínimo esfuerzo. Yo, que debería ser la primera en fila cuando dicen “en sus marcas, listos, ¡fuera!”, me quedó en las gradas viendo a la gente apoyar una causa de la que yo debería ser la abanderada.

Mi inercia no surge de falta de sensibilidad o de empatía, no me malinterpreten. Surge de un profundo y paralizante miedo. Miedo a que yo sea, en efecto, idéntica a mi mamá, en todos los sentidos menos en su fuerza. Miedo a que un día reciba la noticia de que mi cuerpo también decidió declararme la guerra, y me desdoble y no pueda con el empuje. Miedo a que me alce de brazos y tire bandera blanca. Miedo a que estar cerca de otras mujeres luchadoras abra heridas que no se todavía cuan sanadas verdaderamente estén.

Porque no creo ser tan fuerte como ella. Es imposible.

Hace ya 15 años que vivo con esta ansiedad, la cual confieso aquí para que ya no me sirva de excusa. La cual pongo en palabras para que se materialice y sea más fácil de combatir. Porque nada hago llevando esto por dentro y no cooperando a una causa que pueda que en un futuro sea mía también. Porque quiero poner en acción el orgullo que siento de que mi mamá sea sobreviviente de una batalla que no todos ganan.

Mi mamá se fue a la guerra, una guerra rosada que no es color de rosa.

Y no llegó igual.

Llegó distinta. Llegó diferente.

Llegó más hermosa y más fuerte.

Lleva la belleza que seguro tienen las personas que han tenido la muerte de cerca y ahora disfrutan mejor de vivir. Emana la hermosura de un cuerpo abatido pero fuerte, que pudo con todo lo que le tiraron y todavía queda para más. Luce cicatrices que no son más que condecoraciones de luchas libradas y ganadas, y que le han ganado el rango más alto de todos.

Aun así, no estoy segura de que algún día – de tocarme – sea tan buen soldado como lo fue ella. Pero la tengo con vida y a mi lado para darme todas sus lecciones y enseñanzas. En guerra avisada, no muere gente.

*Ilustración por Por Sara Bowersock de PointBlackDesign.

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